buscaba
gente que estuviera muerta
o en algún otro-lugar salvaje y callado
encontré
gente que aún se busca
en un sagrado acoso de sí misma.
buscaba
gente que estuviera muerta
o en algún otro-lugar salvaje y callado
encontré
gente que aún se busca
en un sagrado acoso de sí misma.
Parece que no me queda más
que emborracharme con vino de Skid Row
profundizando las ojeras
cultivando una barba rala
y un aliento de tigre resignado
imaginando el Mexico City Blues,
(o el Mar del Plata City Blues, o el
Blues de la Ciudad Rodante,
o el de la Casa con Ruedas,
el de la Mandarina,
o el Blues que sea que me pase por encima)
esperando la iluminación.
Aunque
parece que mis ojos van a cerrarse
antes de estar iluminados.
Me pellizco.
Llamo a los gritos a una mesera,
que se acerca con pasos levemente imaginarios.
Las piernas larguísimas me hacen morder la lengua;
como siempre, no me queda más que gritar:
PUTA.
Pura inercia.
los ojos azules se le hunden en el
delantal a cuadros azules
tiene unos labios hermosos que tiemblan
los ojos se le hunden y yo me caigo en la nada negra de las pupilas
y el vértigo revuelve el vino en
mi estómago ulcerado de
último y más famoso
poeta con problemas hepáticos.
Y como si un porrón de cerveza cayera se estrellara estallara el corazón podrido del bar,
algo se quiebra y algo nuevo es vomitado a la sábana blanca del mediodía
Parece que no me queda más
que asirme del brazo que lleva la bandeja
y volver a gritar:
oh sí, nena,
despertemos.
el pelo
y caminó hacia el poste mohoso
solo,
rechazando las zarpas de los soldados
madrileños
que no le dispararon porque
un fusilamiento siempre ha requerido de un vivo.
La noche anterior había
hecho el amor con una prostituta albanesa
que se marchó puntualmente de su celda
a las cinco
sin llorar.
Luego durmió tres horas y soñó con
cerdos que se ahogaban en una playa.
A las ocho
no hizo falta despertarlo.
Mientras lo ataban al poste pensó
en la suerte de haberse afeitado
antes de la captura;
en su navaja aún mojada y sucia de pelos;
en su madre y en su hermana viudas;
en el perro andaluz;
en la choza de adobe de sus parientes sevillanos;
en una bandera celeste en un barco inglés;
en que Viva la República.
Después, el sol brilló en
el filo de una
bayoneta
y dejó de pensar.
Georges Henein
Llegó al edificio e hizo una llamada, desde el teléfono de la portería. En vez de llamar desde su habitación del séptimo piso. Después, subió corriendo las escaleras.
¿Con quién hablaba?
No sé. Hablaban en español. Dicen que con un diputado comunista. Dice en el diario, yo no sé con quién hablaba, en verdad. Hablaron unos diez minutos, que es lo que tardo en fumar dos cigarrillos. Fumé dos cigarrillos en el patio mientras la señorita estaba al teléfono.
¿Cómo era su voz?
Nerviosa. Mientras hablaba, estrangulaba un pañuelo a cuadros morados y blancos. Se había sacado los guantes negros y los había dejado en el mostrador. Le sudaban las manos. Sé porque el pañuelo, que se le cayó en el hall mientras corría a la escalera, estaba húmedo.
¿Y los ojos?
Prolijos, delineados con negro, cuando tomó el teléfono. Después de colgar, el maquillaje corrido le hacía ojeras. El rodete también se le deshizo mientras hablaba; encontré el lazo negro con el que se ataba el pelo, al lado del teléfono. Ahora lo tiene Scotland Yard.
¿Y después?
Colgó golpeando el tubo contra el teléfono. Trastabilló camino a la escalera, quebró uno de los tacos aguja de sus zapatos, y se dobló un tobillo. Me apartó de un manotazo cuando quise ayudarla a levantarse. Subió los siete pisos corriendo por las escaleras. Dejó un zapato en el hall, y el otro en el descanso entre la planta baja y el primer piso. Una señora del tercero la vio rasgándose el vestido negro. Cuando llegó al sexto, estaba en enaguas, según otro vecino. Lloraba, y ya tenía la cara negra del maquillaje, tal como la encontraron después.
¿Escuchó la caída?
Sí. Fue un golpecito, como un latido del suelo. Un estibador que hacía una mudanza enfrente la vio caer, y lanzó el grito que hizo bajar a todo el edificio. Parece que aún estaba viva cuando el empleado se acercó, y balbuceó algo ininteligible, seguramente en español. Antes de hacer cualquier cosa, le tapó el cuerpo desnudo con su saco. Eso dice el diario, en verdad; yo salí detrás del padre, que bajó corriendo por las escaleras con la cara llena de espuma, una navaja en una mano y un trozo de vestido en la otra, que soltó en la calle cuando vio a su hija tirada en el asfalto. Todo el peso de la cabeza caía sobre la mejilla izquierda, haciendo que la boca se cerrara como si diera un beso. El tobillo lastimado, el derecho, estaba morado, casi negro. Vi a los enfermeros subirla a la ambulancia, aún envuelta en el saco del estibador, cuidando de no mostrar un centímetro de piel al público que se aglutinó en la acera y en la calle. Una señora gorda de sombrero violeta, estaba particularmente perturbada e indignada por la desnudez de la señorita. El padre subió a la ambulancia sacándose la espuma de la cara con la manga del pijama. El único que lloró fue el estibador.
¿Y usted?
Apague el grabador. Por favor.
¿Cómo era su voz?
Una línea. Un lazo de color verde, un aliento tibio en la nuca.
¿Y los ojos?
Los más solitarios del mundo.
¿Y después?
Después, el aire se hizo añicos.
¿Escuchó la caída?
La escucho todo el tiempo. Me late en el pecho, en el lugar del corazón.
‘Escriba un poema sobre esto’
me dijeron.
Desperté, escuché,
anoté:
‘Un círculo’
‘ajá’
‘de gusanos’
‘…gusanos…’
‘comiendo cigarrillos’.
‘ajá’.
Pasos, cerraron todas las puertas,
tal vez a propósito
para que no rezara;
o tal vez no.
El editor es un cabrón,
pensé,
tal vez se lo coman los
monos de la noche,
o tal vez no;
quién sabe.
Suspiré,
encendí un Gitano y
lo tiré al suelo.
Nadie lo levantó.
Me comí los gusanos.
Sólo escuché ruido de cajones.
No cajones estallando contra el suelo
(mi techo),
sino cajones deslizándose:
cajones abiertos,
cajones cerrados,
cajones fluyendo, seguramente,
hacia ella.
Sólo ruido de cajones,
sólo eso.
En ningún momento pensé
en jadeo, en estertores,
en ojos abiertos casi en blanco,
menos en los ojos marrones de María,
que tantas veces deben
haber visto
el mismo paisaje de edificios-aguja
que los míos
por su ventana de quinto piso.
Ojos míos que, por lo tanto,
también están
un poco en blanco,
un poco muertos.
(¿no?)
Sólo eso.
En ningún momento pensé en ojos muertos,
ni en cosas frías en general;
ni siquiera pensé en goteras.
En fin,
ya te dije:
cajones,
sólo cajones.
En todo caso:
sólo cajones
y María
fluyendo hacia ellos.
Cada cosa en la que creo
(este mate, por ejemplo),
cada cosa que sostengo se descascara
y muestra sus tajos.
este mate, por ejemplo,
este mate que gotea,
este mate que,
bajo su piel,
gotea.
Nada nuevo,
todo gastado,
todo preso de sus cicatrices.
L amore, cosa scomodo e burbero di nominare
decía mi abuelo, viejo poeta italiano
estrellado contra la muerte
y el lenguaje.
Y yo,
que sufro el lenguaje tanto como el
amor;
yo que lo sufreo
y lo desveo
como a una ola filorosa y hielaica;
yo que lo sinsiento
y maniquemo
como a un árbol flaquítico;
yo que le sangro encima
pegoteándole los recovecos
asqueándole las cavidades;
yo que sabía el nombre de ciertas cosas
pero ya no,
digo: sí
amor
cosa llena de asperezas,
de dequeísmos
(¿amor dequédico?),
incomodensurable,
cosa arisca como la
orgasma ventánica
que tanto se le parece.
Y sin embargo algo fluye
en y a lo largo de esta
estrella incómoda
en el centro de una bandera roja.
Y en una de esas puntas estás vos;
entonces digo:
amor masturbado
genuplexo
al centro
(una arista cualquiera
tuya
es el centro
en torno al cual yo
orbitiemblo
lloro
vertivomito)
Entonces escribo tres páginas de un cuaderno rojo
y digo,
citando a mi abuelo muerto y doliente:
¡El Amor, lo áspero y difícil de nombrar!
Entonces percisiento mi
mano acalambrada
de escrear
e imagino al viejo tano
haciendo gala de su español recién aprendido
diciéndome:
¡Estúpido!
¡Estúpido!
¡Estúpido!
tres veces.
Jiménez se despertó
con un trapo empapado en vinagre
tapándole los ojos.
Afuera, la ciudad,
(es decir los techos, la velocidad,
la sordera, el amor estridente)
se despertaba
(es decir se agazapaba
en un rincón blanco de la noche flácida,
largando un gritito cada tanto,
dejándose desnudar).
Todo esto afuera;
adentro, la ciudad
callaba.
Adentro.
Sí.
Pero,
¿callaba cómo?
¿adentro o afuera de qué?
Jiménez de pronto quiso quitarse la venda
pero se encontró con que estaba pegada a la almohada
y a su cara.
Y, naturalmente, quiso conservar sus cejas,
la única cosa bonita que le quedaba.
Todo lo que tengo es tan poco dable
que prefiero enterrarlo para que nazca
nonato
Todo lo que tengo es tan…
de alguna manera todo se las arregla para
ser impenetrable
Los libros ya no se crispan.
antes sí, antes
se agrietaban de gozo o de tedio cuando los tocaba,
ahora ya no se crispan.
Oh,
ni siquiera me miran,
Oh, ye, dime nena,
A un Spinetta de barrio obrero le gruñirían
Pero a mí,
colgado del eco de mi resaca terrazística…
Oh, nena,
ni siquiera miro lo que pienso
ni siquiera tengo libros a los que les tema
Pareciera que me mandaran a acostar
para que los muebles se desnuden de cotidianeidad
y bailen
ante la orgasma ventánica
oh, cópula de vidrio yuxtapuesta,
oh, quebrada
arisca onomatopeya
oh, vidrio,
¿hace cuánto que no tengo vidrio entre mis piernas?
¿cómo saber
el gemido de los muebles
desde la llanura de un cigarrillo
en la que se queman y nacen todas las
tardes y todas las cárceles?
Oh, beso de las hornallas,
Oh, beso redondo del mediodía eternauta
Oh, el yugo grabado a través del
leslie parlante de las horas
¿Cómo quebrar?
ante todo, cómo quebrar
ante todo lo que tengo
sin regalar
un centímetro?
MAÑANA, donde nace un río inconcluso
MAÑANA es un bote, un puente o una
cabaña que viaja
MAÑANA SON LOS OJOS DEL PUENTE
que te miran cruzar, pero no;
miran al que viene detrás, pero no;
y así
MAÑANA NUNCA SERÁ UN NÚMERO
ni siquiera estará dividido en parcelas
MAÑANA es un manojo de calles
y la dodecafonía de los ojos cerrados
que al sudarle al mundo (que se mece)
se abren como malvones o camisas
MAÑANA se parece a un cuadro
que nunca sabré si viste
MAÑANA se termina con los últimos dedos
de la tarde
colgando de los parpados del que canta
. . .
MAÑANA, NUNCA CALLAR
MAÑANA, DIBUJAD MIL ONOMATOPEYAS
entre los edificios
MAÑANA, ABRUMAD AL IDIOTA
MAÑANA, DECIDME ‘OH’ AL OÍDO, AL DESPERTAR,
y dibujadme a la sin nombre para
que no la alcance
y ame a otra
y así no muera nunca
y nunca pare de nacer
OH, MAÑANA, HACÉ LO MISMO CONTIGO
Y NUNCA PARES DE NACER!