Ignorado del silencio,
ignorante del dolor (y de Heidegger),
inmerso en el tiempo como un niño o como una virgen,
la luz le cae desde tantos ángulos que lo desaparece.
la misma invisibilidad incandescente del sol
del grito:
dedo invisible que se señala a sí mismo
que se señala el pecho
el centro
dedo existente que desorienta
mano que confunde el ruego del poeta,
del idiota.
las palabras le parecen
cosas tan exageradas,
tan poco sinceras;
tan patético el resignado anhelo de ser cosa.
el lenguaje le queda tan cerca
que lo asfixia
su corazón tan perezoso que
se esconde.
Toda arqueología aquí es absurda.