Boca arriba
jueves, 19 de abril de 2012
El objeto poético
martes, 26 de julio de 2011
Cuando llegué a esta ciudad
buscaba
gente que estuviera muerta
o en algún otro-lugar salvaje y callado
encontré
gente que aún se busca
en un sagrado acoso de sí misma.
jueves, 30 de junio de 2011
Piano Bar
martes, 21 de junio de 2011
Podría irme mucho peor que estar sentado en Skid Row tomando vino
Parece que no me queda más
que emborracharme con vino de Skid Row
profundizando las ojeras
cultivando una barba rala
y un aliento de tigre resignado
imaginando el Mexico City Blues,
(o el Mar del Plata City Blues, o el
Blues de la Ciudad Rodante,
o el de la Casa con Ruedas,
el de la Mandarina,
o el Blues que sea que me pase por encima)
esperando la iluminación.
Aunque
parece que mis ojos van a cerrarse
antes de estar iluminados.
Me pellizco.
Llamo a los gritos a una mesera,
que se acerca con pasos levemente imaginarios.
Las piernas larguísimas me hacen morder la lengua;
como siempre, no me queda más que gritar:
PUTA.
Pura inercia.
los ojos azules se le hunden en el
delantal a cuadros azules
tiene unos labios hermosos que tiemblan
los ojos se le hunden y yo me caigo en la nada negra de las pupilas
y el vértigo revuelve el vino en
mi estómago ulcerado de
último y más famoso
poeta con problemas hepáticos.
Y como si un porrón de cerveza cayera se estrellara estallara el corazón podrido del bar,
algo se quiebra y algo nuevo es vomitado a la sábana blanca del mediodía
Parece que no me queda más
que asirme del brazo que lleva la bandeja
y volver a gritar:
oh sí, nena,
despertemos.
domingo, 5 de junio de 2011
miércoles, 1 de junio de 2011
Jiménez se soltó
el pelo
y caminó hacia el poste mohoso
solo,
rechazando las zarpas de los soldados
madrileños
que no le dispararon porque
un fusilamiento siempre ha requerido de un vivo.
La noche anterior había
hecho el amor con una prostituta albanesa
que se marchó puntualmente de su celda
a las cinco
sin llorar.
Luego durmió tres horas y soñó con
cerdos que se ahogaban en una playa.
A las ocho
no hizo falta despertarlo.
Mientras lo ataban al poste pensó
en la suerte de haberse afeitado
antes de la captura;
en su navaja aún mojada y sucia de pelos;
en su madre y en su hermana viudas;
en el perro andaluz;
en la choza de adobe de sus parientes sevillanos;
en una bandera celeste en un barco inglés;
en que Viva la República.
Después, el sol brilló en
el filo de una
bayoneta
y dejó de pensar.
sábado, 21 de mayo de 2011
Sonia Araquistain
Georges Henein
Llegó al edificio e hizo una llamada, desde el teléfono de la portería. En vez de llamar desde su habitación del séptimo piso. Después, subió corriendo las escaleras.
¿Con quién hablaba?
No sé. Hablaban en español. Dicen que con un diputado comunista. Dice en el diario, yo no sé con quién hablaba, en verdad. Hablaron unos diez minutos, que es lo que tardo en fumar dos cigarrillos. Fumé dos cigarrillos en el patio mientras la señorita estaba al teléfono.
¿Cómo era su voz?
Nerviosa. Mientras hablaba, estrangulaba un pañuelo a cuadros morados y blancos. Se había sacado los guantes negros y los había dejado en el mostrador. Le sudaban las manos. Sé porque el pañuelo, que se le cayó en el hall mientras corría a la escalera, estaba húmedo.
¿Y los ojos?
Prolijos, delineados con negro, cuando tomó el teléfono. Después de colgar, el maquillaje corrido le hacía ojeras. El rodete también se le deshizo mientras hablaba; encontré el lazo negro con el que se ataba el pelo, al lado del teléfono. Ahora lo tiene Scotland Yard.
¿Y después?
Colgó golpeando el tubo contra el teléfono. Trastabilló camino a la escalera, quebró uno de los tacos aguja de sus zapatos, y se dobló un tobillo. Me apartó de un manotazo cuando quise ayudarla a levantarse. Subió los siete pisos corriendo por las escaleras. Dejó un zapato en el hall, y el otro en el descanso entre la planta baja y el primer piso. Una señora del tercero la vio rasgándose el vestido negro. Cuando llegó al sexto, estaba en enaguas, según otro vecino. Lloraba, y ya tenía la cara negra del maquillaje, tal como la encontraron después.
¿Escuchó la caída?
Sí. Fue un golpecito, como un latido del suelo. Un estibador que hacía una mudanza enfrente la vio caer, y lanzó el grito que hizo bajar a todo el edificio. Parece que aún estaba viva cuando el empleado se acercó, y balbuceó algo ininteligible, seguramente en español. Antes de hacer cualquier cosa, le tapó el cuerpo desnudo con su saco. Eso dice el diario, en verdad; yo salí detrás del padre, que bajó corriendo por las escaleras con la cara llena de espuma, una navaja en una mano y un trozo de vestido en la otra, que soltó en la calle cuando vio a su hija tirada en el asfalto. Todo el peso de la cabeza caía sobre la mejilla izquierda, haciendo que la boca se cerrara como si diera un beso. El tobillo lastimado, el derecho, estaba morado, casi negro. Vi a los enfermeros subirla a la ambulancia, aún envuelta en el saco del estibador, cuidando de no mostrar un centímetro de piel al público que se aglutinó en la acera y en la calle. Una señora gorda de sombrero violeta, estaba particularmente perturbada e indignada por la desnudez de la señorita. El padre subió a la ambulancia sacándose la espuma de la cara con la manga del pijama. El único que lloró fue el estibador.
¿Y usted?
Apague el grabador. Por favor.
¿Cómo era su voz?
Una línea. Un lazo de color verde, un aliento tibio en la nuca.
¿Y los ojos?
Los más solitarios del mundo.
¿Y después?
Después, el aire se hizo añicos.
¿Escuchó la caída?
La escucho todo el tiempo. Me late en el pecho, en el lugar del corazón.