jueves, 19 de abril de 2012

El objeto poético

Ignorado del silencio,
ignorante del dolor (y de Heidegger),
inmerso en el tiempo como un niño o como una virgen,
la luz le cae desde tantos ángulos que lo desaparece.

la misma invisibilidad incandescente del sol
del grito:
dedo invisible que se señala a sí mismo
que se señala el pecho
el centro
dedo existente que desorienta
mano que confunde el ruego del poeta,
del idiota.

las palabras le parecen
cosas tan exageradas,
tan poco sinceras;
tan patético el resignado anhelo de ser cosa.

el lenguaje le queda tan cerca
que lo asfixia
su corazón tan perezoso que
se esconde.

Toda arqueología aquí es absurda.

martes, 26 de julio de 2011

Cuando llegué a esta ciudad



buscaba

gente que estuviera muerta

o en algún otro-lugar salvaje y callado


encontré

gente que aún se busca

en un sagrado acoso de sí misma.





jueves, 30 de junio de 2011

Piano Bar

Sólo escribo sobre cosas reales
dijo con su hermosos dedos azules
desmadejando el aire.

Armó un cigarrillo sobre el piano
eléctrico Roland,
encendió un fósforo &
lo acercó a sus pestañas.

Que afuera llovía & los autos chocaban
es un detalle que a nadie importó.

Lloré.

martes, 21 de junio de 2011

Podría irme mucho peor que estar sentado en Skid Row tomando vino



Parece que no me queda más

que emborracharme con vino de Skid Row


profundizando las ojeras

cultivando una barba rala

y un aliento de tigre resignado

imaginando el Mexico City Blues,

(o el Mar del Plata City Blues, o el

Blues de la Ciudad Rodante,

o el de la Casa con Ruedas,

el de la Mandarina,

o el Blues que sea que me pase por encima)

esperando la iluminación.


Aunque

parece que mis ojos van a cerrarse

antes de estar iluminados.


Me pellizco.

Llamo a los gritos a una mesera,

que se acerca con pasos levemente imaginarios.

Las piernas larguísimas me hacen morder la lengua;

como siempre, no me queda más que gritar:

PUTA.

Pura inercia.


los ojos azules se le hunden en el

delantal a cuadros azules

tiene unos labios hermosos que tiemblan

los ojos se le hunden y yo me caigo en la nada negra de las pupilas

y el vértigo revuelve el vino en

mi estómago ulcerado de

último y más famoso

poeta con problemas hepáticos.


Y como si un porrón de cerveza cayera se estrellara estallara el corazón podrido del bar,

algo se quiebra y algo nuevo es vomitado a la sábana blanca del mediodía


Parece que no me queda más

que asirme del brazo que lleva la bandeja


y volver a gritar:

oh sí, nena,

despertemos.




domingo, 5 de junio de 2011

Mujercita Cigarrillo sostenido con la
mano izquierda Mujercita la noche
enorme se estrella en mi ventana
de cuarto piso Mujercita la noche
es un hurón de vidrio &
se muere adentro tuyo
Mujer
pequeñísimo sexo de espejo La noche
fue hecha para morir de a dos
¿nunca te lo dijeron?

Mujercita quemándose dócil
en mi mano izquierda
mientras la otra escribe



miércoles, 1 de junio de 2011

Jiménez se soltó

el pelo

y caminó hacia el poste mohoso

solo,

rechazando las zarpas de los soldados

madrileños

que no le dispararon porque

un fusilamiento siempre ha requerido de un vivo.


La noche anterior había

hecho el amor con una prostituta albanesa

que se marchó puntualmente de su celda

a las cinco

sin llorar.


Luego durmió tres horas y soñó con

cerdos que se ahogaban en una playa.

A las ocho

no hizo falta despertarlo.


Mientras lo ataban al poste pensó

en la suerte de haberse afeitado

antes de la captura;

en su navaja aún mojada y sucia de pelos;

en su madre y en su hermana viudas;

en el perro andaluz;

en la choza de adobe de sus parientes sevillanos;

en una bandera celeste en un barco inglés;

en que Viva la República.


Después, el sol brilló en

el filo de una

bayoneta

y dejó de pensar.






sábado, 21 de mayo de 2011

Sonia Araquistain

Cavad
y encontraréis los ojos más solitarios del mundo

Georges Henein

Llegó al edificio e hizo una llamada, desde el teléfono de la portería. En vez de llamar desde su habitación del séptimo piso. Después, subió corriendo las escaleras.

¿Con quién hablaba?

No sé. Hablaban en español. Dicen que con un diputado comunista. Dice en el diario, yo no sé con quién hablaba, en verdad. Hablaron unos diez minutos, que es lo que tardo en fumar dos cigarrillos. Fumé dos cigarrillos en el patio mientras la señorita estaba al teléfono.

¿Cómo era su voz?

Nerviosa. Mientras hablaba, estrangulaba un pañuelo a cuadros morados y blancos. Se había sacado los guantes negros y los había dejado en el mostrador. Le sudaban las manos. Sé porque el pañuelo, que se le cayó en el hall mientras corría a la escalera, estaba húmedo.

¿Y los ojos?

Prolijos, delineados con negro, cuando tomó el teléfono. Después de colgar, el maquillaje corrido le hacía ojeras. El rodete también se le deshizo mientras hablaba; encontré el lazo negro con el que se ataba el pelo, al lado del teléfono. Ahora lo tiene Scotland Yard.

¿Y después?

Colgó golpeando el tubo contra el teléfono. Trastabilló camino a la escalera, quebró uno de los tacos aguja de sus zapatos, y se dobló un tobillo. Me apartó de un manotazo cuando quise ayudarla a levantarse. Subió los siete pisos corriendo por las escaleras. Dejó un zapato en el hall, y el otro en el descanso entre la planta baja y el primer piso. Una señora del tercero la vio rasgándose el vestido negro. Cuando llegó al sexto, estaba en enaguas, según otro vecino. Lloraba, y ya tenía la cara negra del maquillaje, tal como la encontraron después.

¿Escuchó la caída?

Sí. Fue un golpecito, como un latido del suelo. Un estibador que hacía una mudanza enfrente la vio caer, y lanzó el grito que hizo bajar a todo el edificio. Parece que aún estaba viva cuando el empleado se acercó, y balbuceó algo ininteligible, seguramente en español. Antes de hacer cualquier cosa, le tapó el cuerpo desnudo con su saco. Eso dice el diario, en verdad; yo salí detrás del padre, que bajó corriendo por las escaleras con la cara llena de espuma, una navaja en una mano y un trozo de vestido en la otra, que soltó en la calle cuando vio a su hija tirada en el asfalto. Todo el peso de la cabeza caía sobre la mejilla izquierda, haciendo que la boca se cerrara como si diera un beso. El tobillo lastimado, el derecho, estaba morado, casi negro. Vi a los enfermeros subirla a la ambulancia, aún envuelta en el saco del estibador, cuidando de no mostrar un centímetro de piel al público que se aglutinó en la acera y en la calle. Una señora gorda de sombrero violeta, estaba particularmente perturbada e indignada por la desnudez de la señorita. El padre subió a la ambulancia sacándose la espuma de la cara con la manga del pijama. El único que lloró fue el estibador.

¿Y usted?

Apague el grabador. Por favor.



¿Cómo era su voz?

Una línea. Un lazo de color verde, un aliento tibio en la nuca.

¿Y los ojos?

Los más solitarios del mundo.

¿Y después?

Después, el aire se hizo añicos.

¿Escuchó la caída?

La escucho todo el tiempo. Me late en el pecho, en el lugar del corazón.