Jiménez se despertó
con un trapo empapado en vinagre
tapándole los ojos.
Afuera, la ciudad,
(es decir los techos, la velocidad,
la sordera, el amor estridente)
se despertaba
(es decir se agazapaba
en un rincón blanco de la noche flácida,
largando un gritito cada tanto,
dejándose desnudar).
Todo esto afuera;
adentro, la ciudad
callaba.
Adentro.
Sí.
Pero,
¿callaba cómo?
¿adentro o afuera de qué?
Jiménez de pronto quiso quitarse la venda
pero se encontró con que estaba pegada a la almohada
y a su cara.
Y, naturalmente, quiso conservar sus cejas,
la única cosa bonita que le quedaba.