sábado, 21 de mayo de 2011

Sonia Araquistain

Cavad
y encontraréis los ojos más solitarios del mundo

Georges Henein

Llegó al edificio e hizo una llamada, desde el teléfono de la portería. En vez de llamar desde su habitación del séptimo piso. Después, subió corriendo las escaleras.

¿Con quién hablaba?

No sé. Hablaban en español. Dicen que con un diputado comunista. Dice en el diario, yo no sé con quién hablaba, en verdad. Hablaron unos diez minutos, que es lo que tardo en fumar dos cigarrillos. Fumé dos cigarrillos en el patio mientras la señorita estaba al teléfono.

¿Cómo era su voz?

Nerviosa. Mientras hablaba, estrangulaba un pañuelo a cuadros morados y blancos. Se había sacado los guantes negros y los había dejado en el mostrador. Le sudaban las manos. Sé porque el pañuelo, que se le cayó en el hall mientras corría a la escalera, estaba húmedo.

¿Y los ojos?

Prolijos, delineados con negro, cuando tomó el teléfono. Después de colgar, el maquillaje corrido le hacía ojeras. El rodete también se le deshizo mientras hablaba; encontré el lazo negro con el que se ataba el pelo, al lado del teléfono. Ahora lo tiene Scotland Yard.

¿Y después?

Colgó golpeando el tubo contra el teléfono. Trastabilló camino a la escalera, quebró uno de los tacos aguja de sus zapatos, y se dobló un tobillo. Me apartó de un manotazo cuando quise ayudarla a levantarse. Subió los siete pisos corriendo por las escaleras. Dejó un zapato en el hall, y el otro en el descanso entre la planta baja y el primer piso. Una señora del tercero la vio rasgándose el vestido negro. Cuando llegó al sexto, estaba en enaguas, según otro vecino. Lloraba, y ya tenía la cara negra del maquillaje, tal como la encontraron después.

¿Escuchó la caída?

Sí. Fue un golpecito, como un latido del suelo. Un estibador que hacía una mudanza enfrente la vio caer, y lanzó el grito que hizo bajar a todo el edificio. Parece que aún estaba viva cuando el empleado se acercó, y balbuceó algo ininteligible, seguramente en español. Antes de hacer cualquier cosa, le tapó el cuerpo desnudo con su saco. Eso dice el diario, en verdad; yo salí detrás del padre, que bajó corriendo por las escaleras con la cara llena de espuma, una navaja en una mano y un trozo de vestido en la otra, que soltó en la calle cuando vio a su hija tirada en el asfalto. Todo el peso de la cabeza caía sobre la mejilla izquierda, haciendo que la boca se cerrara como si diera un beso. El tobillo lastimado, el derecho, estaba morado, casi negro. Vi a los enfermeros subirla a la ambulancia, aún envuelta en el saco del estibador, cuidando de no mostrar un centímetro de piel al público que se aglutinó en la acera y en la calle. Una señora gorda de sombrero violeta, estaba particularmente perturbada e indignada por la desnudez de la señorita. El padre subió a la ambulancia sacándose la espuma de la cara con la manga del pijama. El único que lloró fue el estibador.

¿Y usted?

Apague el grabador. Por favor.



¿Cómo era su voz?

Una línea. Un lazo de color verde, un aliento tibio en la nuca.

¿Y los ojos?

Los más solitarios del mundo.

¿Y después?

Después, el aire se hizo añicos.

¿Escuchó la caída?

La escucho todo el tiempo. Me late en el pecho, en el lugar del corazón.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Gitanes

‘Escriba un poema sobre esto’

me dijeron.

Desperté, escuché,

anoté:

‘Un círculo’

‘ajá’

‘de gusanos’

‘…gusanos…’

‘comiendo cigarrillos’.

‘ajá’.


Pasos, cerraron todas las puertas,

tal vez a propósito

para que no rezara;

o tal vez no.


El editor es un cabrón,

pensé,

tal vez se lo coman los

monos de la noche,

o tal vez no;

quién sabe.


Suspiré,

encendí un Gitano y

lo tiré al suelo.


Nadie lo levantó.

Me comí los gusanos.

domingo, 15 de mayo de 2011

Muerte de Clara Adrogué

Sólo escuché ruido de cajones.

No cajones estallando contra el suelo

(mi techo),


sino cajones deslizándose:

cajones abiertos,

cajones cerrados,

cajones fluyendo, seguramente,

hacia ella.


Sólo ruido de cajones,

sólo eso.

En ningún momento pensé

en jadeo, en estertores,

en ojos abiertos casi en blanco,


menos en los ojos marrones de María,

que tantas veces deben

haber visto

el mismo paisaje de edificios-aguja

que los míos

por su ventana de quinto piso.


Ojos míos que, por lo tanto,

también están

un poco en blanco,

un poco muertos.

(¿no?)


Sólo eso.

En ningún momento pensé en ojos muertos,

ni en cosas frías en general;

ni siquiera pensé en goteras.


En fin,

ya te dije:


cajones,

sólo cajones.


En todo caso:

sólo cajones

y María

fluyendo hacia ellos.

Vive o muere pero no huevees

Anoche estuve a punto de morir/tres veces.
Tan a punto que los cigarrillos se volvieron
sombras enormes de puñales
y no pude ni llorar
porque la Muerte me apretaba tan fuerte los testículos
con unas manos grises /implacables y aburridas.

Así que ahora,
quiero decir,
desde ahora,
escribiré un poema por día
sin falta.
Por si acaso,
cosa que ella vea que
he puesto manos a la obra,
que he dejado de huevear.

Entonces busco
un vacío,
un pozo cualquiera donde
meter la mano
(y perderla, acaso)

y encuentro, sorprendentemente,
una lapicera.

sábado, 14 de mayo de 2011

Nada es libre

Cada cosa en la que creo

(este mate, por ejemplo),

cada cosa que sostengo se descascara

y muestra sus tajos.


este mate, por ejemplo,

este mate que gotea,

este mate que,

bajo su piel,

gotea.


Nada nuevo,

todo gastado,

todo preso de sus cicatrices.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Tres veces

L amore, cosa scomodo e burbero di nominare


decía mi abuelo, viejo poeta italiano

estrellado contra la muerte

y el lenguaje.


Y yo,

que sufro el lenguaje tanto como el

amor;


yo que lo sufreo

y lo desveo

como a una ola filorosa y hielaica;


yo que lo sinsiento

y maniquemo

como a un árbol flaquítico;


yo que le sangro encima

pegoteándole los recovecos

asqueándole las cavidades;


yo que sabía el nombre de ciertas cosas

pero ya no,


digo: sí


amor

cosa llena de asperezas,

de dequeísmos

(¿amor dequédico?),

incomodensurable,

cosa arisca como la

orgasma ventánica

que tanto se le parece.


Y sin embargo algo fluye

en y a lo largo de esta

estrella incómoda

en el centro de una bandera roja.


Y en una de esas puntas estás vos;


entonces digo:

amor masturbado

genuplexo

al centro

(una arista cualquiera

tuya

es el centro

en torno al cual yo

orbitiemblo

lloro

vertivomito)


Entonces escribo tres páginas de un cuaderno rojo

y digo,

citando a mi abuelo muerto y doliente:


¡El Amor, lo áspero y difícil de nombrar!


Entonces percisiento mi

mano acalambrada

de escrear


e imagino al viejo tano

haciendo gala de su español recién aprendido

diciéndome:


¡Estúpido!

¡Estúpido!

¡Estúpido!


tres veces.