Georges Henein
Llegó al edificio e hizo una llamada, desde el teléfono de la portería. En vez de llamar desde su habitación del séptimo piso. Después, subió corriendo las escaleras.
¿Con quién hablaba?
No sé. Hablaban en español. Dicen que con un diputado comunista. Dice en el diario, yo no sé con quién hablaba, en verdad. Hablaron unos diez minutos, que es lo que tardo en fumar dos cigarrillos. Fumé dos cigarrillos en el patio mientras la señorita estaba al teléfono.
¿Cómo era su voz?
Nerviosa. Mientras hablaba, estrangulaba un pañuelo a cuadros morados y blancos. Se había sacado los guantes negros y los había dejado en el mostrador. Le sudaban las manos. Sé porque el pañuelo, que se le cayó en el hall mientras corría a la escalera, estaba húmedo.
¿Y los ojos?
Prolijos, delineados con negro, cuando tomó el teléfono. Después de colgar, el maquillaje corrido le hacía ojeras. El rodete también se le deshizo mientras hablaba; encontré el lazo negro con el que se ataba el pelo, al lado del teléfono. Ahora lo tiene Scotland Yard.
¿Y después?
Colgó golpeando el tubo contra el teléfono. Trastabilló camino a la escalera, quebró uno de los tacos aguja de sus zapatos, y se dobló un tobillo. Me apartó de un manotazo cuando quise ayudarla a levantarse. Subió los siete pisos corriendo por las escaleras. Dejó un zapato en el hall, y el otro en el descanso entre la planta baja y el primer piso. Una señora del tercero la vio rasgándose el vestido negro. Cuando llegó al sexto, estaba en enaguas, según otro vecino. Lloraba, y ya tenía la cara negra del maquillaje, tal como la encontraron después.
¿Escuchó la caída?
Sí. Fue un golpecito, como un latido del suelo. Un estibador que hacía una mudanza enfrente la vio caer, y lanzó el grito que hizo bajar a todo el edificio. Parece que aún estaba viva cuando el empleado se acercó, y balbuceó algo ininteligible, seguramente en español. Antes de hacer cualquier cosa, le tapó el cuerpo desnudo con su saco. Eso dice el diario, en verdad; yo salí detrás del padre, que bajó corriendo por las escaleras con la cara llena de espuma, una navaja en una mano y un trozo de vestido en la otra, que soltó en la calle cuando vio a su hija tirada en el asfalto. Todo el peso de la cabeza caía sobre la mejilla izquierda, haciendo que la boca se cerrara como si diera un beso. El tobillo lastimado, el derecho, estaba morado, casi negro. Vi a los enfermeros subirla a la ambulancia, aún envuelta en el saco del estibador, cuidando de no mostrar un centímetro de piel al público que se aglutinó en la acera y en la calle. Una señora gorda de sombrero violeta, estaba particularmente perturbada e indignada por la desnudez de la señorita. El padre subió a la ambulancia sacándose la espuma de la cara con la manga del pijama. El único que lloró fue el estibador.
¿Y usted?
Apague el grabador. Por favor.
¿Cómo era su voz?
Una línea. Un lazo de color verde, un aliento tibio en la nuca.
¿Y los ojos?
Los más solitarios del mundo.
¿Y después?
Después, el aire se hizo añicos.
¿Escuchó la caída?
La escucho todo el tiempo. Me late en el pecho, en el lugar del corazón.
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