Sólo escuché ruido de cajones.
No cajones estallando contra el suelo
(mi techo),
sino cajones deslizándose:
cajones abiertos,
cajones cerrados,
cajones fluyendo, seguramente,
hacia ella.
Sólo ruido de cajones,
sólo eso.
En ningún momento pensé
en jadeo, en estertores,
en ojos abiertos casi en blanco,
menos en los ojos marrones de María,
que tantas veces deben
haber visto
el mismo paisaje de edificios-aguja
que los míos
por su ventana de quinto piso.
Ojos míos que, por lo tanto,
también están
un poco en blanco,
un poco muertos.
(¿no?)
Sólo eso.
En ningún momento pensé en ojos muertos,
ni en cosas frías en general;
ni siquiera pensé en goteras.
En fin,
ya te dije:
cajones,
sólo cajones.
En todo caso:
sólo cajones
y María
fluyendo hacia ellos.
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