domingo, 24 de abril de 2011

Último poeta italoargentino


Jiménez se despertó

con un trapo empapado en vinagre

tapándole los ojos.


Afuera, la ciudad,

(es decir los techos, la velocidad,

la sordera, el amor estridente)

se despertaba

(es decir se agazapaba

en un rincón blanco de la noche flácida,

largando un gritito cada tanto,

dejándose desnudar).


Todo esto afuera;

adentro, la ciudad

callaba.


Adentro.

Sí.

Pero,

¿callaba cómo?

¿adentro o afuera de qué?


Jiménez de pronto quiso quitarse la venda

pero se encontró con que estaba pegada a la almohada

y a su cara.


Y, naturalmente, quiso conservar sus cejas,

la única cosa bonita que le quedaba.

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