miércoles, 1 de junio de 2011

Jiménez se soltó

el pelo

y caminó hacia el poste mohoso

solo,

rechazando las zarpas de los soldados

madrileños

que no le dispararon porque

un fusilamiento siempre ha requerido de un vivo.


La noche anterior había

hecho el amor con una prostituta albanesa

que se marchó puntualmente de su celda

a las cinco

sin llorar.


Luego durmió tres horas y soñó con

cerdos que se ahogaban en una playa.

A las ocho

no hizo falta despertarlo.


Mientras lo ataban al poste pensó

en la suerte de haberse afeitado

antes de la captura;

en su navaja aún mojada y sucia de pelos;

en su madre y en su hermana viudas;

en el perro andaluz;

en la choza de adobe de sus parientes sevillanos;

en una bandera celeste en un barco inglés;

en que Viva la República.


Después, el sol brilló en

el filo de una

bayoneta

y dejó de pensar.






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