el pelo
y caminó hacia el poste mohoso
solo,
rechazando las zarpas de los soldados
madrileños
que no le dispararon porque
un fusilamiento siempre ha requerido de un vivo.
La noche anterior había
hecho el amor con una prostituta albanesa
que se marchó puntualmente de su celda
a las cinco
sin llorar.
Luego durmió tres horas y soñó con
cerdos que se ahogaban en una playa.
A las ocho
no hizo falta despertarlo.
Mientras lo ataban al poste pensó
en la suerte de haberse afeitado
antes de la captura;
en su navaja aún mojada y sucia de pelos;
en su madre y en su hermana viudas;
en el perro andaluz;
en la choza de adobe de sus parientes sevillanos;
en una bandera celeste en un barco inglés;
en que Viva la República.
Después, el sol brilló en
el filo de una
bayoneta
y dejó de pensar.
Efrén: tu poesía sigue siendo conmovedora
ResponderEliminarGracias Madre
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